Recién termino de repasar un centro de mesa, quedó impecable. Antes venía del televisor y las dos lámparas de pie. Ahora descanso en mi cómodo rincón, debajo de la pileta del lavadero. Los artículos de limpieza que me rodean no siempre me acompañan, claro, se van acabando y la señora los tira. En cambio yo permanezco, trasciendo, me eternizo. No obstante, el deterioro comienza a ganar la batalla.
¿Quieren saber de mis buenos tiempos?… pues bien, así como no me ven, fui parte de una bella remera. Con mi dueña ganábamos la calle al encuentro de experiencias diversas. Yo estaba en la parte de abajo, al frente, pero perdí todo contacto con ambas mangas, el dorso y la parte que estaba justo encima mío.
La verdad es que se extrañan, ¿habrán tenido que terminar limpiando, como yo? la respuesta es irrelevante cuando miro la franela que tengo a mi lado. Ella no entiende lo que es una remera, de hecho no entiende lo que es ser otra cosa.
Cada noche me pide que le cuente historias de bares, de asados, de largos abrazos, de vuelos en picada hasta la alfombra. Y al otro día finge olvidarlas para poder volver a escucharlas. A mí me gusta contarle, tal vez porque en ese instante me siento brillar más que los muebles.
Viso.






